A lo largo del tiempo he aprendido a distinguir las grietas que él mismo ha ido dejando en mí.
Soy consciente de que, si bien antes estaba hecha de arcilla, ahora me encuentro esculpida y profundizada en roca. No conozco mi verdadera forma, y sólo sé contar las veces que he caído y me he roto porque guardo en una caja fuerte cada uno de mis pedacitos.
A veces me sorprendo preguntándome cuántas veces, cuántas caídas habrías tenido tú para tener tantas aristas. Por las manos de cuántos pocos escultores que supieran pulirte bien pasaste, para estar tan afiladas.
A veces me pregunto qué hice yo contigo. Cómo era tu figura antes; y cómo será ahora. ¿Conseguí, de alguna manera, pulir alguno de tus bordes? ¿O acaso te rompí más, te afilé el corazón con sacapuntas? Quizá ahora no seas ni la sombra de lo que fuiste, o quizá en realidad no ha cambiado tu estructura. Quizá también, si te viera, me sorprendería tu imagen, tan distinta; pero quizá no lo hiciera; y quizá, es posible, que en realidad jamás lo pudiese distinguir ya que sólo pude verte desde una perspectiva.
A veces recuerdo que me hubiese gustado conocer mejor tus abismales límites, tus picos y tus valles; y en ocasiones me viene a la mente la sensación de que algún día deseé recorrerlos.
Pero el resto del tiempo, que me va tirando rítmicamente contra el suelo a ver si me parto, se me olvida tu fragmento, desaparece por completo el rasguño que dejaste y se convierte en un bisel, en el doblez de una camisa, en un tirabuzón del cabello.
Me gusta la forma que me has dado, la claridad que no me has vetado, el aire por el que me has dejado volar.
Pero, a veces, me parece un regalo muy caro que me has hecho a tu pesar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario