Aún me sigo preguntando de dónde sale todo.
lunes, 4 de abril de 2016
Yo ya he estado ahí, entre la brillante oscuridad de las nubes de tormenta.
Hace mucho, mucho tiempo fui un ave. No sé muy bien si era un pequeño pajarillo o un ave fuerte e imponente; lo único que recuerdo es que volaba, vivía del aire, del subeybaja de mis alas y de la fría sensación de las gotas de lluvia y nube entre las plumas.
Pero un día caí.
Tenía mucha hambre, pero quería seguir volando; desde ahí arriba se veía todo tan bonito, tan quieto, tan perfecto... Casi intocable. Pero, de repente, una fuerte ráfaga de viento que se asemejaba sobrenatural me empujó por delante un momento. Agité mis plumáceas extremidades con torpeza y en vano y empecé a dar volteretas en el aire mientras me sentía caer. Caía, cada vez más deprisa, y sentía el aire escurrirse. En un momento en la cara, en otro momento en la cola, al segundo siguiente empujando mis indefensas alas hacia el cielo.
Gracias a -ni yo, que he volado, sé muy bien a qué dar gracias; mi caída fue algo amortiguada por la copa de un árbol y sus ramas; aunque aún tuve que dar un par de volteretas más, con las primeras magulladuras añadidas, antes de impactar contra el suelo. Cuando me desperté sentía un dolor agudo en el costado.
Me había roto un ala. Jamás he vuelto a volar como solía hacer entonces.
Desde aquél día vivo en tierra; hay veces que se me olvida que tengo un pico cantarín que sirve para algo más que para comer gusanillos, que estoy recubierta de plumas; y que en otro tiempo las cosas fueron distintas y que, sin embargo, sobreviví a mi accidente. Innumerables cientos de veces he dudado ya sobre qué soy ahora: ¿sigo siendo un ave, ahora que no puedo volar? ¿Me habré convertido en ratoncillo, o acaso en tortuga? Quizá ahora parezca un animal menos elegante, quizá muchos de mis compañeros ya no me miren con los mismos ojos: ahora soy un pobre animalillo herido, tanto en su ala como en su orgullo. "¡Pobre ave, jamás volverá a volar!" parecen decir todos.
Pero hay días en que, mientras vago sin rumbo hacia ninguna parte, arrastrando por el suelo mi pobre ala rota, me encuentro algún riachuelo y me inclino para observarme; y veo mi pico, y mis ojos atentos, y mis plumas de aspecto suave y colores vivos. Entonces recuerdo que en algún momento fui un ave, un ave elegante, un ave de vuelo eterno al cual parecía imposible burlar con el viento.
Antes no tenía un único día favorito: todos eran maravillosos. Ahora, los días más bonitos son aquellos en los que algún saltamontes se me acerca, me mira y reconoce mi plumaje; y me anima a intentar volar de nuevo tras subir, con mucho esfuerzo, a la triste rama más baja de un árbol. Entonces me impulso, encojo mis patas y estiro mi única ala funcional; me esfuerzo por movilizar la otra pero llego al final de la ramita, salto en un intento desesperado de no caer y... Consigo revivir la sensación de flotar, soy casi capaz de percibir el aire cortándose a mi paso y acariciándome las alas como si se tratase del oleaje marino.
Pero caigo de nuevo, y me arrastro de nuevo por el suelo, aunque entonces me doy cuenta de que no es el hecho de volar, ni mi aspecto, lo que me hacen y hacían ser ave; sino todo aquello que un día vi, y que aún perdura en mi memoria.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario