Aún me sigo preguntando de dónde sale todo.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Latiendo escondido.


Bailando bajo la lluvia.

Ante todos los inconvenientes y detrás de cada cielo azul, bajo un sol ardiente o un manto de estrellas que juega al escondite y sobre todos nosotros, cubriéndonos, empapándonos, calándonos hasta los huesos. La lluvia, como el amor.

Esas sensaciones de libertad fugaces y maravillosas de cuya exclusividad no se puede disfrutar siempre que se quisiera, ese frío y húmedo recorrido por la piel que hace que desees más, que no te importe lo que venga después sino tan sólo el momento presente. Efímero, hipnotizante, locuresco.

Gotas, gotas que caen con fuerza y van a parar a ti, llenándote una a una un poco más cada vez de sentimientos que ya no sabes negar. Ganas incontrolables de gritar, de actuar, de dar brincos y girar sobre ti mismo imitando a cualquier animal. Vitalidad ardiente resurgiendo en las venas tras largos letargos en caparazones de hierro que han evitado que seamos lastimados, autoprohibiéndonos el deleite de la escarcha y el hielo.

¿Y qué mas dará si la lluvia me moja, si tardase cinco minutos más en llegar a casa por el peso de mi ropa empapada?

Y, aún costando lo que haya costado, la lluvia mi caparazón ha erosionado, he salido fuera y observado, han saltado chispas de mi corazón congelado y no, no había cicatrizado antes, pero mil gotas de mimos lo han reparado, el engranaje ya no está parado y, de tanto latir acelerado, ahora necesita sedantes.


No hay comentarios:

Publicar un comentario