Aún me sigo preguntando de dónde sale todo.

miércoles, 3 de abril de 2013

Mi viejo amigo, Pasado.

Estoy loca. 

Loca, sí, como Don Quijote, que confundió los molinos de viento con gigantes y se enzarzó en una lucha contra ellos. Chalada hasta el punto de comparar la sociedad con los hombres grises del libro Momo, que no sabían más que fumar y ahorrar tiempo. Tarada hasta el límite de saborear en mi lengua el regusto doloroso de plantearme la perspectiva errónea del amor en Delirium (una enfermedad, lo más mortal de las cosas mortales), hasta empezar a creer que se está mejor solo por el mundo, totalmente solo. Pirada hasta sentir dentro de mí el dolor que expresaban Los juegos del Hambre, En llamas y Sinsajo.

Se me ha metido en la cabeza, como una mosca despistada, la idea de que me he vuelto majara. Y mis converse embarradas, mis vaqueros empapados y mi pelo asemejándose a una catarata lo confirman. 

Vivo quieta, pensativa. Enganchada en un bucle del que no sé salir, en un tornado enfadado que no frena nunca. O dando vueltas en un ciclón, como prefieras; en el que todos los peces se ahogan si no se muerden unos a otros la aleta caudal para formar un corro gigante. O quizá atrapada en una tormenta en el mar sin punto central de calma, o perdida en un planeta boscoso e infinito sin claros. Llámalo como quieras, que todos tienen el mismo nombre: Pasado.
Pasado es un viejo amigo mío. Sé que eso de "viejo amigo" se dice muy a menudo y que nadie lo entiende tal y como se expresa: para mí, éste viejo amigo al que todos conocen -pero del que nadie sabe nada y otros tantos forman parte- fue mi aliado en tiempos de gloria, y es mi enemigo en domingos de traición.
Hacía tiempo que Pasado no me visitaba, engalanado, vestido de traje y con una sólida rosa de arena en la mano para invitarme a cenar y beber un par de copas de su excepcional vino salado hecho con lágrimas. Sí, hacía mucho tiempo desde la última vez -en la que, sin duda ninguna, rechacé su propuesta-; siendo realistas, demasiado tiempo para ser cierto. Y, como supo que le echaba de menos y no podía ser de otro modo, hoy ha vuelto a llamar a mi puerta para llevarme consigo a la Gran Guerra del Tiempo y convertirme en su rehén, su fuente de información, su maniobra de contrabando.

Ésta vez, el "sí" se ha escapado de mi boca repentinamente, pero no ha sido un impulso. Mi instinto se lo ordenó, y soy incapaz de sentir resentimiento por ello. 

Mientras las afiladas gotas de lluvia se clavan en mi piel como dagas mojando mi ropa, calando mi pelo, llorando mis lágrimas; mientras el aire, incapaz de soplar más fuerte para sacarlas de mí, mece de oreja a oreja las historias que Pasado me cuenta; mientras los pies se me hunden en un camino de barro blando poco resistente y yo lo asemejo a la impotencia de recorrer toda mi vida de nuevo, echando de menos cada día; mientras tanto, soy total y completamente de piedra por dentro. No noto cómo mis mejillas se sonrojan por el frío, ni cómo se me encharcan los ojos, ni cómo me arden los pulmones al correr demasiado rápido por una cuesta en el acantilado mientras huyo de una sombra invisible, ni cómo me duelen los pies de doblarse excesivamente al pasar sobre las rocas, ni cómo me pesa el cuerpo cuando algún recuerdo bonito o alguna idea hiriente me cruza los nervios craneales, ni cómo respiro y suspiro ahogada entre sollozos lastimeros, ni cómo se me seca la garganta poco a poco y me escuece.

Tampoco me quejo de nada de eso, porque la nostalgia -que sí la siento, y vaya si la siento- es miles de veces peor. 

Antes de salir de casa estuve releyendo conversaciones en las que nada tenía sentido y todo era gracioso, en las que todos los que participábamos nos queríamos y nos halagábamos sin apenas conocernos, en las que no sabíamos nada y por las que supimos todo. Palabras estúpidas para algunos, tiempos de inflexión e inmadurez para otros, momentos hermosos de incomprensión y comienzo para mí que jamás volverán.
"Por aquél entonces existía un grupo de amigos que se apoyaba, que se quería: una hadita mágica que pintaba medias lunas en los rostros de los árboles, un unicornio obsesionado con gafas de sol multicolores, un pobre payaso triste y solitario al que la alegría de un abrazo le bastaba para todo el día, un felino de ojos claros y aspecto misterioso que observaba todo con cautela, un halcón despiadado que servía de guía al resto del grupo, y yo. Algo después aparecieron un delfín que nadaba en volteretas, andaba dando saltos y volaba con aletazos; una troll hermosa que adoraba los dulces, y un cazaestrellas de cabellos dorados que siempre contaba algún chiste y de vez en cuando mostraba su colección de luceros. Y un poquitito más allá en el camino, se cruzaron con dos ponies: uno manso y de pelaje suave, y otro libre y salvaje con ilusión en la mirada" 

Por aquél entonces, aquello era para siempre.

Lo malo llega cuando los "para siempre" están tan solicitados (en ocasiones por gente que no los merece) en la fábrica del cariño que las prisas hacen que los pedidos lleguen incompletos incluso a quienes pagan más por ellos. Y en los lugares en los que los "para siempre" se lograban mediante contratos, las inundaciones de mentiras los empaparon y los rasgaron sin piedad, convirtiéndolos en algo más pequeño que el polvo, que la ceniza.

Convirtiéndolos en Pasado, en nada. 

Y dicen que las cosas se acaban para que empiecen otras mejores. Y aseguran con miradas que si te quieres a ti mismo, quieres a tu Pasado. Y perjuran que vendrán tiempos alegres de nuevo. Y repiten películas de clavos que sacan otros clavos, de heridas que se cierran.

Y tienen razón.

Pero nadie dice que se prefieran las cosas que empiezan antes que las cosas que acabaron, aunque sean mejores. Y nadie asegura, ni siquiera cabizbajos, que querer a tu Pasado demasiado sea bueno. Y nadie promete hacer que los momentos alegres que vengan sean más alegres que los anteriores. Y nadie se atreve a destapar lo que se ve en las películas; pero los clavos arrancados dejan agujeros, y las heridas que se cierran, cicatrices.

Nadie imagina cómo añoro las cosas que empezaron hace un año, ni todo lo que vino después. Lo mucho que echo de menos la cálida y agradable primavera que me abrazó, el suave y lento verano que me tenía encantada. 

Y a veces pesa más el Pasado que una promesa de futuro.




Nadie, ni siquiera un niño que espera el final feliz del cuento adaptado de un suicidio, comprende la invasión de nostalgia que recorre mi sangre, envenenándola.


1 comentario:

  1. Creo que tienes que llamarte, o creo que debo llamarte yo, o no sé lo que creo.
    Se supone que el Pasado nos arrastra muchas veces a lugares a los que no queremos volver. Se supone que nunca se borra, que nunca desaparece. Eso es lo único que nunca cambia. El Pasado sigue ahí, siempre estará ahí pero no es el fin del mundo; sé que lo parece, pero no lo es. Solo son rachas, momentos en los que parece que el mundo te gasta una broma pesada. La solución es la forma de tomarse cada uno esa broma Marina. Depende de ti, aunque sea triste, aunque no tenga sentido, aunque sea una mierda.
    En cualquier momento, sea el día que sea, o la hora que sea puedes contar conmigo.
    Te quiero Eme.
    Ann

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