Ella. Claudia.
Ella es un "'¡Buenos días!" cariñoso, alegre, esperanzador y un poquito frustrante. Ella es los besos de buenas noches que con cada luna repite una y otra vez hasta que yo, ya algo harta, la mando a dormir. Ella es esa vocecilla aguda y meticona que siempre quiere saberlo todo sobre mí y desea con ilusión que confíe en ella lo suficiente cada mañana para invitarla a mi cama a leer mi diario. Ella es esa pequeñaja inocente y distraída que tarda cuatro horas en hacer los deberes de lengua y todo un curso en leerse cien páginas de un libro interesante si mi madre no está detrás de ella. Es esa bombillita luminosa que enciende cada día de mi vida con la sonrisa y los abrazos que me dedica, ésa que cuando está enfadada se colorea de verde; ésa que cuando llora se tiñe de rojo vivaz y algo aguado; ésa que entre mil capas de abrigo parece una figurita de mármol gélido y azul sacada de un cuento de los hermanos Grimm. Ella es ese diminuto terremoto de mirada pícara y mente ingeniosa que pasea por mi habitación susurrando cosas indescifrables mientras busca un libro con el que excusar su desvelo cuando mi madre sube a dormir y la encuentra a ella despierta. Ella es ésas palabras chivatas y piconas que a ratos no cesan de meterse conmigo o de intentar llamarme la atención, pero que en el fondo me admiran por ser mayor. Ella es la que siempre va detrás mío intentando agarrar las mismas cosas que yo y al mismo tiempo, pero que siempre obtiene una decepción al darse cuenta de que están a más altura de lo que se esperaba. Ella es la enana que sigue disfrutando como tal cuando juega a las Barbies, ella es esa bola de niñez escurridiza que corre escaleras arriba, escaleras abajo, sin parar de reír como una lunática. Ella es esa emprendedora de la vida aún cercana a la línea de salida, es la joven vela de la tarta de cimientos de nata de nuestra casa. Ella es esa niñita infantil que quiere hacerse mayor y que, a pesar de todo, espero que nunca madure y se quede como la niña que es ahora, es ésa que cuando ve que me voy llorando a dormir viene en seguida a preguntarme qué ocurre o me cucea el móvil para preguntárselo a alguno de mis amigos. Ella es esa simpática protectora a la que protejo yo cuando derrama lágrimas desconsoladas por la pérdida de alguno de sus peces. Ella es esa niña graciosa a la que una canción de amor recuerda a un animal, ésa a la que a veces le entra la risa por cualquier cosa y no para de reírse en todo el día. Ella es esa pilla locuela que, si por la noche discutimos, al siguiente día me despierta con su mirada atenta puesta en mí desde la puerta entreabierta y viene corriendo a saltos de alegría a abrazarme. Ella es esa de la que tuve celos y que ahora me envidia, ella es la que se muestra encantada ante la idea de vivir juntas de mayores y gastarse parte de sus ganancias como cantante de ópera en mí. Ella es esa pequeña (que en el fondo es muy grande), que hace que en mis días de fanática del orden, el desorden siga pareciendo maravilloso, y es ésa por la que cada día mi habitación es una maraña de recuerdos e ilusión cosidos por sus propias manos llenas de amor hacia mí.
Ella es esa parte de mí misma a la que quiero, pero a la que nunca me atrevo a decírselo; a la que me mata ver llorar y a la que le deseo con todo mi corazón que algún día le dé por entrar en este escondrijo de mi alma y que se encuentre con ésto... Ella es mi hermana. Es ese desastre, que a pesar de que crezca y madure siempre será mi desastre.
Mi perfecto desastre.

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