Aún me sigo preguntando de dónde sale todo.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Las estrellas fugaces fueron las únicas cómplices de mi mundo

A las cuatro de la mañana, en mi habitación, sonó la alarma, ese 1 de marzo de 2012.
Me desperté algo perezosa y me dispuse a lavarme el pelo, mientras debatía sobre dar un paseo hasta el prado. Acabé pronto.
Cuando fui a irme a la cama de nuevo, un impulso repentino e irrefrenable, no pude controlarlo:
Abrí la ventana de mi habitación, miré al cielo, a las estrellas, me puse una chaqueta azul de pelo, y no demasiado abrigada salí de casa. Maldije a mi perra cuando empezó a ladrar, debía ser el único perro del mundo despierto a esas horas.
Las cinco y veinte de la mañana.
Yo caminaba, con paso ligero entre las farolas de mi pueblo, segura de mí misma y algo desconcertada. Miraba mi alrededor como si estuviese en otro mundo, alucinando cada vez que me giraba para ver en qué se convertía todo aquello de noche: Parecía indefenso, tan sólo protegido por las farolas.
Seguí caminando por la carretera. Dejé atrás la última farola que me encontraría antes de llegar al prado, y con algo más de miedo continué.
Las estrellas se agrupaban en un manto inmensamente grande que me cubría desde lo alto de quién sabe dónde, y me hacían sentirme mejor.

Aún quedaban unos metros hasta llegar a la próxima casa con luz. Continué. El campo "tétrico" hoy parecía mucho menos agresivo, más sensible, más tranquilo.
Parecía que todos los elementos que ahora veía sólo eran capaces de ser así de preciosos cuando nadie estúpido y sin magia los miraba.
Llegué al prado verde, inmensamente emocionada, caminé hasta llegar a un punto más bien centrado y me tumbé. Miré hacia el cielo, sólo se veían las estrellas, la luna se había escondido.
Silencio. Mucho silencio.
Era un silencio tan grande que me tuve que tapar los oídos, pero ya era tarde para evitar el pensamiento que siempre me rondaba cuando ocurría eso: ¿Es real todo lo que se vive?
Mi vista fue bloqueada durante unos momentos y me sentí fuera de lugar, enamorada aún más del prado. Estaba flotando.
Cuando me dí cuenta de que aún estaba allí lo primero que vi fue una estrella fugaz que describía un giro con su cola.
Me obligó a cerrar los ojos y escuchar: más silencio.
A quedarme con la boca abierta, el frío rozando mis dientes, de puro asombro.
A decidir que nunca más intentaría revivir aquél momento.
Prefiero no contar cómo volví a casa, fue un camino triste y sólo ocupado en su totalidad por las luces del pueblo al horizonte, y los dos incesantes y quizá molestos cantos de los gallos.

Nunca más volveré a estas horas, no por miedo; los recuerdos son recuerdos y no se debe revivirlos, porque cada vez dan una impresión distinta, y a veces peor. La última es la que mejor recordarás, me gustaría que por una vez este recuerdo sólo fuese mío y se me agotaran las fuerzas para imaginar volver, aunque con compañía.
Las estrellas fugaces fueron las únicas cómplices de mi mundo.

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