Aún me sigo preguntando de dónde sale todo.
martes, 10 de diciembre de 2013
Mil y una formas de ser en historia.
Horas autoeducativas de silencio.
...
Una luz tenue que casi no veo, una sensación pálida y frágil, el bostezo de quien se despierta perezosa y lentamente una mañana de principios de primavera con el dulce trino de un pájaro y un rayo de luz que se cuela por la ventana de mi ático. Buenos días.
Me enderezo suavemente deslizándome bajo las mantas aún embarulladas de mi cama, dejo ver mis brazos por fuera del edredón y con delicadeza me estiro y bostezo. Un último segundo de lentitud... ¡Y arriba!
Salgo de la cama de un salto y comienzo el día con un movimiento enérgico de cabeza, en un intento de colocar cada mechón de pelo en su sitio, lo que, por supuesto, acaba en un desastre similar al de una melena de león. Quejicosa conmigo misma, enciendo la minicadena de música. A saberse qué CD dejé puesto anoche. Empieza a sonar la música y no la reconozco de inmediato, pero no está mal para empezar la semana. Me miro al espejo y sonrío, un día más para mí.
Me pongo el bañador y un chándal, voy dando saltos a la cocina y me preparo el dulce y frío café que me mantendrá con la tensión alta todo el día. Me lo bebo de un sorbo y salgo de casa como una bala, con una sonrisa en la cara y los ojos brillantes por la joven luz del amanecer primaveral.
Llego a la piscina, donde, como siempre, se encuentra la amable secretaria que, como siempre, me saluda alegremente. Le devuelvo el saludo y paso a los vestuarios. Me cambio, y en seguida entra a la sala Meg. Me apresuro a acercarme a ella y me tiende el gorro elástico que nos obligan a llevar cuando nadamos. Le ayudo a ponérselo con cuidado, pues tiene el pelo muy débil.
Es una rutina diaria silenciosa, porque la verdad es que nunca he sabido más de ella que su nombre y que no sabe ponerse el gorro. El primer día que llegó me preguntó educadamente si podía ayudarla, y lo hice; y al siguiente se repitió la escena, y así sucesivamente hasta que empezó a venir con el gorro ya en la mano y me acostumbré a leer la amable petición de ayuda en su rostro sin que hiciese falta que pronunciase ninguna palabra.
En realidad, tampoco quería irrumpir en la intimidad de aquella mujer que no sabía ponerse el gorro de piscina. Yo acudía allí para dedicarme un rato al día, para olvidar todo cuanto tenía alrededor generalmente y para comenzar a autoeducarme. Sí, autoeducarme. Y precisamente lo que menos me distraería sería hablar.
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