Hemos perdido en un segundo todo lo apostado.
Y es un instante. Un breve y efímero instante que se disuelve entre un aire cargado de
Es un maldito instante, un apenas existente momento, tres segundos de velocidad de luz.
No puede ser tan importante, ni tan doloroso.
El cielo está teñido de rojo hoy, rojo fuego, rojo ardiente. Recuerda a un apocalipsis en el que el sol explota de ira, y toda la sangre contenida en su brillante esfera se esparce alrededor como gotas en el cristal, como... Como glóbulos rojos sobre agua salada.
Eso es, sangre que se traga la sal, sobre heridas apaciguadas por el mar.
Y, dime, ¿qué es aquello de allí, esa anguila que corre hacia la derecha, empujada por una corriente de viento? Son nubes... Nubes negras. Hermosas almohadas plagadas de escorpiones que quieren llorar... Y se dirigen en tropa hacia mi destino. Cómo no. Y qué mas... Veo cómo la tormenta se avecina, observo con detenimiento el cielo a mis espaldas, y la masa negra de delante. Me parece encontrarme en la tarde nublada más hermosa del universo... Gracias a que es tan triste. Espero con ansia que llueva. Que llueva, y las lágrimas de los insectos sanguinarios me calen el pelo, que me lo peguen a los ojos, que les prohíban atisbar cualquier algo aún estando a dos milímetros de distancia. Que mi memoria se quede ciega.
El problema está en querer demasiado a quien no debes querer.
En ser tan tolerante que los analfabetos de sensibilidad te confundan por tontolerante, y permitirlo.
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