Todo es tan ajeno y tan recóndito que podría desaparecer ahora mismo sin dejar ni rastro, ni siquiera un pequeño recuerdo metido en un bote de cristal con la palabra "nostalgia" grabada en él. Ni siquiera un soplido, sin dar tiempo a pensar; como una ráfaga de viento que se llevase todo súbitamente y desapareciese a la ceroésima de segundo.
Pero llega a mis sentidos un intercambio de frases que despierta mi atención:
-Vas muy pensativo - dice alegre un hombre, a modo de saludo.
-Algo habrá que pensar - contesta el otro.
-Pensar mucho es malo -.
Y de repente, se ponen a hablar de una reunión. Pero yo no dejo las cosas tan a medias.
Es cierto, pensar mucho es malo, porque después de pensar todo lo bueno posible no te queda más que lo negativo, y ya estás tan enganchado a razonar que no te queda otro remedio que recurrir a ello. Es tan malo que puede hacer que te pongas a llorar en medio de la calle y que no encuentres una razón con algo de sentido. Y aquí estoy yo, pensando sobre pensar.
Estoy de pie, apoyada en la fachada de una tienda que ahora es el centro de un pasado que desapareció del todo. No he entrado, aunque debiera; temo que, si lo hago, los prominentes escombros grises de la azulada bóveda que existió allí se derrumben sobre mi cabeza dejándome inconsciente, o durmiendo a mi mentirosa felicidad para siempre. Y eso es algo que no puedo permitirme, no...
Tantos pedazos de cielo rotos pesan demasiado, no demasiado para que mi cuerpo los sostenga; sino demasiado para que mi mente logre encontrar una solución a los destrozos. Pesan demasiado para que mi subconsciente no se preocupe por su cuidado y de repente no memore que ya son pedazos inservibles, incluso para recomponer una nueva historia; incluso para dibujar el boceto de una nueva bóveda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario