Aún me sigo preguntando de dónde sale todo.

sábado, 16 de febrero de 2013

Esta vez, el frío se queda

Estoy harta.
Estoy harta de ver en todo cosas malas, de desconfiar cada vez de más gente, de ver a mi alrededor vacío cuando sé que no lo hay. Mi mente dice cosas que mis sentidos no perciben, y mi vida se torna cada vez más borrosa a causa de las lágrimas. Estoy cansada de que mi único consuelo sean las palabras y la música, de que no sirvan para comprender las cosas sino simplemente para desahogarme y olvidar un poco todo, de que me duela todo y sienta que el mundo alrededor va a desaparecer, dejándome sola con nada más que los destrozos de mi propia persona. Cada día que pasa mi mirada está más húmeda, no por la ilusión como hace tiempo; sino por las lloreras que me sorprenden en esas noches en que digo que he dormido bien. Hace tiempo que las decepciones se acurrucan bajo mi cama y me persiguen en sueños, asustando a toda esa alegría que hacía que me levantase cada mañana dando brincos. Mis cejas cada vez se tornan más en una expresión de dureza y desprecio hacia todo lo que ven mis ojos, y en un refugio de mi mente parecido a la casa de mentiras de caramelo de Hánsel y Grétel se regala una manta de polvo a toda flor que pasa por él y se queda fría.
Así llegará un día en que levantarme no sea un nuevo intento, sino una terrible pesadilla. Si alguien sabe enseñarme algo que me haga saber que seguir viva así merece la pena, que lo haga. No prometo saber apreciarlo, pero al menos lo intentaré.
Incluso la imaginación se ha vuelto negra para mí. Si intento escribir un cuento, un relato que no tenga nada que ver con cómo me encuentro, sólo conseguiré dibujar historias de casas abandonadas, mariposas negras y tristeza por doquier. Y bien sabe todo el mundo que yo no soy así.
Me gustaría seguir siendo tan ingenua, confiada y buena como he sido siempre, pero son ya tantas las veces que el mundo me ha decepcionado burlándose de mí...
Harta que el hecho de vivir te guste y que hasta la propia vida se aproveche de ello. Hiela tener frío continuamente, incluso al sol; tener las manos tan gélidas que te cueste hasta cerrar los puños. Y destroza que ya ni siquiera en éste blog, en éste pequeño escondrijo mío, pueda escribir todo lo que quisiera.
Empiezo a decaer poco a poco, a postrarme de rodillas ante todo y decirle que haga conmigo lo que su voluntad decida.




Porque es como caer cinco metros en un pozo con el suelo de tierra, subir hasta el nivel cuatro sobre el aire, caer de nuevo al sótano menos seis y que mis lágrimas humedezcan tanto el pozo que su nivel descienda más aún por sí solo. Después subo, pero sólo hasta el nivel de la hierba; y cuando bajo de nuevo ya no veo la salida.



Esta vez, el frío se queda. 

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