Una radio antigua algo estropeada suena en mi habitación contándome cada desgracia ocurrida ayer. Un autobús estrellado en la carretera, un avión que tuvo que desviarse de su camino para no tener un accidente a causa del fuerte viento, maltratos por doquier, la muerte de alguien importante y; por último, la situación crítica de la economía hoy en día. Sí, suelen narrarlo todo con mucha precisión, me asombra cómo los periodistas pueden dar con tantas respuestas en tiempo máximo de un día. También me llama la atención (y me extraña) que no se vuelvan locos al tener siempre malas noticias que contar, tanto negativismo acaba haciendo daño al alma, así que, o ya lo están, o son más fuertes que yo.
Y me pongo como ejemplo para comparar, porque cuando llego a casa y veo el telediario, es tal impotencia la que me entra que incluso a veces acabo llenando de lágrimas la ensalada. Sí, sin exagerar.
Se supone que en la televisión se cuentan noticias bastante relevantes y en general sobre el mundo. Sin embargo, en las noticias de mi mundo, hoy sólo se escuchan sollozos rasgados por los filos de cristal de los pedazos de mi todo destrozado. ¿Cómo narices pretende el mundo que esto se me pase en dos, tres, cinco días? Yo no soy así. Yo no paso de todo a la mínima. Yo soy sensible, como lo fue mi padre; mi madre siempre me dice que tengo el mismo alma que él, solo que yo logro expresarlo. Pero eso no viene al caso.
Tienen razón quienes dicen que la adolescencia es una muy mala etapa, y lo afirmo yo, que creo que sé llevar bastante bien las cosas. Pero supongo que, tarde o temprano, las situaciones terminan venciendo nuestras fuerzas y; aunque lo intentemos, no encontramos otra salida que tragarnos el asfixia de las lágrimas congeladas en el pecho.
Bien, yo aseguro que, al final, el calor de la dolorosa sangre que nos corroe por dentro a quienes sufrimos conseguirá hacer líquidas las lágrimas que nos guardamos, y cuanta más cantidad hayamos ido congelando, más nos saldrá después.
Esta noche ha sido larga, la más larga que he podido presenciar nunca. No tenía sueño, aunque sí estuviese cansada; supongo que se necesitan ambas cosas para tirarte a la cama y caer al abismo negro de los sueños sin tiempo a pensar en nada. Mi cabeza dio vueltas y vueltas, giró a la derecha, continuó todo recto y giró a la derecha otra vez, mientras miraba con detenimiento cada parada, cada portal, cada jarrón de flores... cada recuerdo. Después llegó a un cruce y torció a la izquierda, siguió observando los recovecos de todo lo que encontraba. Y con cada detalle, con cada recuerdo que se cruzaba en su camino; llamaba a Sentimiento para que me avisase, a veces del hallazgo de un tesoro, a veces de catástrofes.
Con todo esto, mi cuerpo actuaba. Daba giros, vueltas, retortijones y golpes en la cama, revolvía las mantas (ahora ya entiendo cómo pueden haber acabado todas en el suelo y yo helada), sujetaba con fuerza los cojines y de repente, sonreía. Quizá mis ojos expresaran algo más que tristeza por una milésima de segundo; no estuve a mi lado para verlo. Después, aferraba firmemente todo lo que encontraba, pensaba en todas las costumbres a dejar atrás, y lloraba. Mi cuerpo siempre hizo bastante lo que quiso consigo mismo porque, si por mí fuese, le habría mandado a hibernar.
Después de sentirme fuerte un rato, las lágrimas me oprimieron la garganta tanto que no pude respirar, y me vi obligada a saltar de la cama en busca de pañuelos para secarme la cara.
Cuando me tranquilicé, me tumbé de nuevo sobre las mantas, sin taparme; hasta que advertí que estaba temblando. Entonces eché de menos su calor y, por más que intenté evitarlo, terminé con la realidad sobre mí: pensando en que no volveré a sentirlo.
Eso me llevó a darme cuenta de que debía despedirme de muchas otras cosas, lugares, palabras y gestos. Y la dificultad que me supone lograrlo me tragó por completo porque, no recuerdo cómo, me encontré a mí misma encogida sobre la silla de tela de la buhardilla abrazándome las rodillas mientras las lágrimas mojaban el fino pijama que también me envuelve ahora mismo.
El resto uno se lo podría imaginar: intenté dormir y cuando -medianamente- lo conseguí, empecé a soñar que todo era como antes. Al ser un sueño muy difuso, lograba pensar tras tanta borrosidad, y mi doloroso sentido de la razón formó en mi cabeza la cierta idea de que todo era un sueño y que eso no iba a volver. Así que me desperté medio llorando otra vez y con ganas de devolver, fui al baño, bebí agua y volví a la cama. Estuve un buen rato -quizá varias horas- planteándome si mirar la hora o no, cuando lo hice eran las seis y media de la mañana. Tardé otro buen rato, pero conseguí dormirme, o eso creo. Me desperté de nuevo a las ocho y media, cuando empecé a llorar otra vez y a morder las mantas...
Supongo que el tiempo y las palabras lograrán que pase todo, y que todo pase. Al menos, es en lo poco en lo que sigo confiando... espero que no me decepcionen.
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