Pero no se preocupen.
La defunción no ha hecho más que empezar.
Miles de ojos guardan la memoria de un espectáculo que acaba de tocar a su fin. Pero, insatisfechos, esperan que se cierre el telón para que reaparezcan los actores saludando. ¿Y si no lo hicieran? ¿Se quedarían allí, aplaudiendo para siempre, esperando? No. Se marcharían pensando en por qué no aparecieron.
Quizá alguno se sintiese identificado con la historia narrada, quizá fuese un trozo de su pasado que se marchó también sin despedirse.
La diferencia entre un acto de tu vida y un acto teatral es que en el teatro existe una despedida. En la vida las cosas desaparecen, sin más, y tú te quedas esperando a que aparezcan de nuevo para decirte "adiós". Quizá sea mejor para ti que jamás lo hagan.
Cuando se baja el telón definitivamente sin un final que hubiese sido esperado, te acabas cansando de esperar y te marchas, preguntándote qué ha ocurrido. La defunción ha comenzado.
Esos ojos expectantes poco a poco vacían su brillo de las emociones recién despertadas, aplauden, pero lentamente van olvidando la razón por la que lo hacen. Lo que les enseña la obra queda en un vago recuerdo al que no volverán a recurrir, y sus mentes se esparcen por callejas demasiado transitadas con nombres de las preocupaciones de la sociedad.
Lejos del mundo, los actores viajan a otros lugares, actúan, saludan (o no), y se marchan de nuevo, para comenzar otra función.
Acaso, en el fondo, ¿sabe alguien estar vivo?

No hay comentarios:
Publicar un comentario