Hoy me he detenido para tener un momento a solas con un espejismo de mi en su cárcel, y he sido consciente de cómo de diferentes vemos cada uno las cosas. Para mi ese lugar no fue nunca una jaula, sino un parque de juegos. Pensar en que quizá no podré volver a mirar los espacios en los que tanto imaginé, o en los que tanto quise cuando fui adolescente me duele, aunque me alivia levemente por mi empatía hacia el hecho de que también fue un lastre, aunque no lo fuera para mí. Hoy me he sentido como si saliese de mi cuerpo y ante mí se proyectase mi silueta infantil en un día muy diferente, a una hora completamente contraria, en una situación directamente inimaginable para mi hoy, en el mismo lugar que permanece intacto desde hace tanto, tanto tiempo. Pienso en que fueron las personas que pasaron por aquí quienes permitieron que yo tuviera mi vida, y en que este lugar fue uno de los espacios invisibles donde traqueteaba en realidad la maquinaria de mi hogar. Y aunque entiendo que para otros ha sido un lugar de sueños rotos y ambiciones a medio hacer; sigo profesándole un cariño sentimental a ese espacio, y sé que lo añoraré cuando en su escaparate se lean carteles modernos de promociones especiales bien vendidas de alguna gran empresa, en vez de los artefactos a veces indescifrables y otras veces tan personales que se ven ahora, como una foto de un hombre feliz sujetando un pez enorme grabada en una lámina de cristal. Desalmar un espacio para llenar un alma, dejar descansar a otra y robarle un pedazo a la mía. Me alegro de haber echado ese vistazo.