Ya no llueve. El cielo aún tiene parches grisáceos esparcidos aquí y allá, pero al fondo del terreno que hace un momento también era gris y ahora muestra un verde vivo soy capaz de distinguir una enorme linterna de luz amarilla. No sólo ya no llueve, sino que está descampando.
Oigo un gruñido lejano pero grave a mi espalda y doy media vuelta sobre mí misma. Aún soy capaz de escuchar mis jadeos, pero siento una fuerte energía. Puedo observar a los soldados de espaldas, que se levantan en sus armaduras, todos ellos volviendo sus rostros hacia la fuente del sonido. Me siento responsable de lo que acaba de ocurrir aquí, y con un sentimiento de grandeza observo cómo van derrumbándose, poco a poco y como a cámara lenta, todas y cada una de las piedras que componen, o componían, el fuerte. Está cayendo. Lo está haciendo... Y lo más sorprendente es que lo que deja ver a través parece sencillamente hermoso y, singularmente, más fuerte incluso que el propio muro que lo aguardaba. Respiro con profundidad, y cierro los ojos para sentir la brisa. Ahora es cuando soy capaz de percibir cada milímetro de mi piel.
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Siento que he estado aletargada mucho tiempo. Como si en un principio fuese a tomarme unos días de descanso, y luego la coraza que me protegía se congelase de repente. Siento que he pasado tanto tiempo ahí dentro que he olvidado muchas cosas del día a día, muchos detalles... Sobre todo, cosas sobre mí. Pero poco a poco, mis esfuerzos desde dentro por salir y los de aquéllos que, ingenua y desinteresadamente, han colaborado en el deshielo, están dando sus frutos. Veo cómo cae la coraza, veo la armadura deshacerse como si nunca hubiese sido tan dura, y veo que de mi pecho empiezan a asomar florecillas, tímidas, pero preciosas. Ya no me asusta preguntar, no me asusta sentir, no me asusta contar, no me asusta mostrarme. Me gusta mostrarme. Me gusta ser recibida y atreverme a darme.
Si antes aprendí a ser fría, y pedí auxilio porque me asfixiaba sin sol... Luego obtuve un sol particular, y la armadura se resquebrajó. Algunos trozos cayeron, poco a poco, como desfilando, y era consciente. Pero ahora he sentido el derrumbe. He sentido un terremoto. Y me he visto salir, crecer, enseñarme y me he visto más segura que nunca.
Ésta es mi ciudad, de puertas abiertas en par en par. Ésta es mi casa, quédate cuanto quieras. Ésta es... mi habitación, donde hay secretos que ni yo conozco... Y ésta, soy yo.
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