Qué feliz soy. Qué feliz me haces. Y lo que más me gusta es que no alcanzas a imaginarte hasta qué capa de mi cuerpo has calado, porque aunque conoces todas las cosas que haces y cómo de dulcemente me tratas, el momento en que mi amor por ti avanza a zancadas surge mientras duermes.
Qué bonito es acariciarte, sentir tus músculos relajados moviéndose involuntariamente al ritmo de tu respiración bajo tu piel de terciopelo mientras la mía se eriza de placer cuando la rozan tus sábanas y la abraza tu compañía; escuchar únicamente cómo el aire entra y sale de ti al compás de tus latidos, que retumban en el oído que apoyo sobre tu pecho, como si fuera un intruso y a la vez un inquilino. Susurrarle de forma inaudible a tu lejana consciencia la forma en que te veo cuando no puedes verme mirándote, preguntándome si en alguno de esos, tus olvidados sueños, estarás escuchando lo que confieso al aire y apenas oigo yo. O darme cuenta de que allí donde estoy soy invasora, extranjera; de que me encuentro en el único pequeño lugar del infinito universo que está hecho en exclusiva para e impregnado por completo de ti, y ser consciente de lo mucho que aprecio que lo compartas de tal forma conmigo, colándome y arropándome entre las mantas que siempre te han rodeado sólo a ti. Permitiéndome presenciar cómo vas conciliando el sueño, cómo respiras, las posturas que te hacen sentir cómodo y la suavidad con que te despiertas. Permitiéndome ser partícipe de todo aquello de lo que tu magia hace parecer imposible que te dotes, y que a la vez, es lo que más mágico te hace a mis ojos.
Es un verdadero amanecer en plena noche el despertar y estar acurrucada sobre ti, poder compartir esos momentos con tu onírico ser y descubrir que eres, a la vez, tan bonito como humano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario