Sigo sin ser capaz de creerme la difícilmente crédula incredulidad de tenerte conmigo. Y es que aún me fascina lo remota que se me hace la idea de tener la posibilidad de contar con alguien incluso cuando ni yo misma me soporto, a pesar de lo increíblemente real y verdadero que resulta al ponerlo en práctica contigo. Aún escucho aquí y allá las vocecitas de mi cabeza preguntándose por qué no me he desequilibrado aún, queriendo exponerme al peligro porque no han conocido otra cosa; y les sigo respondiendo a su interrogación retórica que no tengo ni la más remota duda de que, aunque no sé el qué, tú tienes algo que ver con ello. Mi pequeña población de ideas continúa estupefacta: ¡hay orden en tu mente! Y si se desordena, rápidamente actúas regulando mi percepción de la Hermosidad, haciendo que vuelva mi yo libertosa pero colocada en la mancha de luz móvil que podría describir como mi lugar y que, últimamente, adora tenerte a su lado. Como qué alocada fantasía parecía asemejarse de aquí a un tiempo lo que hoy es tan real, esa presencia anunciada por un cambio de presión que despresuriza mi aura y que mis receptores perciben incluso cuando no estás presente, convirtiéndola en algo tangible. Yo qué sé, sólo sé que sé una sola cosa, cosa que sóla solo sirve como sueño surrealista; cosa que susurras asustando a los fantasmas, cosa que me dices para acompañar tus rosas y hacer de un submundo nuestra supuesta magia. La fugaz imagen en mi imaginación de tus labios aproximándose a mi, que desaparece en un momento frágil y desvanecido como nube de humo previo a la escena final del truco de un mago que enseña su última carta. Pónlas todas sobre la mesa y la mano en el fuego apostando por la verdad que esconden mis sonrisas, que aunque apuestes en vano, es tu estrecho campo de miras para crear esperanzas ciegas el que da fuerza al pulso de mis dientes cuando se exponen a la destrucción del mundo exterior. Y qué miedo les da, pero cómo te gusta verlo. Mientras, yo cierro mis ojos al mundo para ensordecer mis sentidos y agudizar la embriaguez que me provoca el perfume de tu boca, que resuelve en un segundo todos mis carajos de cabeza haciéndolos sustituir por la cuestión de cómo estás dotado de la capacidad de resultar tan delicioso. (Yo te daba, contra mi cama, sobre la ventana, bajo lluvia de sal que tú me eches). ¡Tan delicioso! Podría no parar de besarte, callarme para siempre y olvidarme de hablar con sólo poder verte, ya que un breve vistazo es suficiente y capaz de suplirme adrenalina todo un día. Tangible es la posesión de una marca en la palma de mi mano que me impedirá tenderla, lavarla o dejar que se coloque un anillo en ella sin recordarte previamente; perceptibles los inexistentes límites de que se dota mi imaginación cuando tú, posibilidad remota, te encuentras a mi lado.
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