Aún me sigo preguntando de dónde sale todo.

martes, 26 de enero de 2016

Still loving you.- Once again.


Buenas noches, lágrimas. Volvemos a vernos, otra vez por lo mismo, otra vez en este lugar.
Aunque sé que ésta vez será aún peor que la anterior.
¿Quizá por el sinsentido que esta situación supone? ¿Quizá por la decepción que todos piensan que debería sentir y que ni yo sé siquiera si siento? ¿Quizá por lo bajo que caí intentando salvarnos a ambos?
Recuperarme de esta caída no será nada fácil. Saldré demacrada, maquillada, fuera de mí; con las cuencas de los ojos vacías y las pupilas dilatadas; los iris verde pistacho y finos como la circunferencia lunar; el pelo enmarañado, estropeado y mugriento; y la sonrisa triste destrozada como nunca hubo cual. Con las lágrimas congeladas como témpanos de cristal.
Y, por supuesto, no volveré a creer en el amor.
O quizá sólo pierda la creencia en mí misma.

¿Por qué se hace tan duro? Desde pequeña he podido observar su fuerza; la unión que creaba, la belleza, el cariño, el apoyo mutuo: una hermosa novela. Y, sin embargo, en mi historia amorosa no hay más que fábulas, cuentos ejemplarios en los que yo soy la liebre, el malparado; cuentos de los que yo no sé interpretar la moraleja.
Contadme qué está pasando. Qué hago mal, de qué no me fío y de qué me fío de más; contadme si el problema soy yo o los demás, que alguien me diga si estoy condenada a olvidar todas estas experiencias y a dejarlas atrás argumentando que no fueron más que tiempo perdido.
Lo triste es que, por más que me lo digáis, me negaré a creerlo.

A veces es mejor una bonita mentira que una triste verdad.

Me das promesas, me das besos, me das cariño, me adiestras como si yo fuese el zorro y tú el principito, y en el momento en que más te necesito te vas. Huyes, te alejas de mí; no sé si vas a por tu rosa, si quieres explorar otros planetas en que yo no puedo vivir... 
Pero yo siento que te he gruñido. Que he sido infiel a tu domesticación, que me he impuesto, que te ha dolido. Que me has quitado el collar y, ante mis ojos de cachorro, me has abandonado.
Te has ido caminando. Y, por más que yo gimiera, no has vuelto la vista atrás.

¿Quién declaró la guerra a quién? Yo ya no lo distingo, pero percibo con gran facilidad las puntas de las lanzas clavándose en mi pecho y en mi garganta, obligándome a llorar desde el corazón y a iniciar la retirada.
Pero sigo resistiendo. Sigo creyéndome inmune. Sigo pensando que aún nos queda un pacto de paz posible: ya hemos sufrido la distancia. Ahora nos queda, de nuevo, el tiempo.

Me niego a creer que esté siendo derrotada, te echo tanto de menos...

A veces siento mucho calor. Otras veces, mucho frío. Es un constante cambio, un constante desequilibrio; me faltan el abrigo de tu abrazo y el frescor de tu caricia en mi costado. Me asfixia el recuerdo del primer beso: tan dulce, tan tímido, tan suave. 
Echo de menos tu suavidad. Tu serenidad. La paz que transmitía tu cuerpo y los nervios que tu leve temblor delataba.

Pero ahora estamos en guerra. Ahora el interior calla de intranquilidad y el exterior se ofrece libremente a su merced: una partida de ajedrez en la que el tablero se alarga y se divide y se rompe, y nadie mueve sus piezas pero todas ellas caen.

Vuelve conmigo. Es lo único que te pido.

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