Te quiero. Te quiero tanto...
No sé por qué me da por estar tan ciega a veces; no sé por qué temo de la realidad cuando sé que cualquier fantasía que me enseñes será preciosa y fácilmente tangible. No sé de qué huyo, quizá del dolor; pero tanto correr y huír me ha vuelto escurridiza y ahora es éso lo único que me duele.
Haberme zafado de tu abrazo. De tu abrigo. Y de tu amor.
Y, además, tan bruscamente. Con mentiras que quería creerme para que fuese más fácil iniciar la retirada.
Pero he cometido el mejor error de mi vida: he vuelto la vista, y te he visto ahí plantado, con los ojos vacíos mirando al horizonte. Ausente. Tan cerca y tan lejos de mí.
Me he descarriado, como una oveja, del rebaño; y ahora troto confusa buscando el camino de vuelta hacia ti. Porque no, no me merece la pena perderte por nada del mundo.
Te echo de menos.
Una caja de recuerdos
y fiestas de guardar...
Media vida en cada intento,
y la otra media en pinzas de metal...
Ya es un clásico
seguir la zanahoria con tu aliento aquí detrás.
Un desorden milimétrico
me acerca hasta el lugar,
lleva a cabo mi propósito
de ser cuchillo y presa a la par...
No es tan trágico
jugar con la distancia y heredar su soledad.
Cuarteles de invierno,
rompiendo su silencio;
muñecas de hielo
testigos de este encierro.
Fue tan largo el duelo que, al final,
casi lo confundo con mi hogar.
Botiquines para amnésicos,
leyendas de ultramar...
Soldaditos presoviéticos,
sellé mi guerra y paz particular.
Hay un misterio
de mapas que no llevan al tesoro
ni a epicentros
a punto de estallar:
son las leyes de la física,
y el tiempo no se pone en mi lugar.
Ya es un clásico:
perdí el salvoconducto y ahora espero al emisario,
que nunca llegará.
Cuarteles de invierno,
rompiendo su silencio;
muñecas de hielo,
testigos de este encierro.
Fue tan largo el duelo que, al final,
casi lo confundo con mi hogar.
Por mucho
que vuelvo,
no encuentro mis recuerdos.
Los busco,
los sueño,
lo propio ya es ajeno.
Cayeron
los bordes,
y el vaso ya está lleno.
Y ahora solo intento vaciar,
sólo necesito despegar.
Fue tal largo el duelo que, al final,
casi lo confundo con mi hogar.
Ojalá no me confunda y tus brazos sean para siempre mi hogar, mi despegue, mi silencio, mi cuartel y mi libertad; cuchillo y presa de mí a la par.
Aunque las leyes de la física, el tiempo y la distancia no se pongan en nuestro lugar.
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