Todo se me ha desmoronado y las piezas han adquirido una forma irregular, desproporcionada, difícil de analizar y a veces, incluso, imposible de percibir. Todas ellas, mis mil cosas, se amontonan como ladrillos que van construyendo poco a poco un pozo a mi alrededor, un pozo de agonía que sólo podrá ser utilizado por ángeles, porque empieza en el suelo y va camino de terminar donde no alcanza mi vista.
Tengo que empezar a destruir algunos de mis fantasmas y a devolverles la constitución humana a otros. Si no, todos ellos acabarán conmigo.
El tic-tac del reloj de mi muñeca se encuentra demasiado cerca de mi pulso. Se está metiendo en mis venas. Está marcando el ritmo de la circulación de mi sangre, y si éste se desvía un poco y pierde su compás, mi reloj se alertará por haber perdido un segundo, me quemará la piel y en la queja perderé otro más. Menudo círculo vicioso. Me siento acorralada.
Necesito cambiar o perder el ritmo. Necesito vivir a impulsos.
Necesito cambiar o perder el ritmo. Necesito vivir a impulsos.
Parece que todo el mundo espere algo más de mí. Unos quieren que sea excepcional, otros me piden sensibilidad, hay quienes quieren mi atención y todos necesitan de mi tiempo. Y tiempo es lo único que busco yo.
Ni siquiera soy capaz de distinguir si estoy cediendo a todo y dando mi tiempo o más bien haciendo todo por mí. Necesito borrarme y comenzar a dibujar de nuevo.
¿Soy más yo que otros? ¿Soy más de ellos que de mí? Lo único que tengo claro es que yo no soy así.
No hay comentarios:
Publicar un comentario