Abismal, fantasmal, claridad, oscuridad.
Luceriérnagas luciendo sobre la luz de las luces, la luna; sombras danzantes al son de melodías cantadas por las mareas apaciguadas.
O revueltas.
Como un día más, un día cualquiera o, mejor dicho, como el final de un día cualquiera, emerge la noche desde la inmensa profundidad del ociéalo y se planta en la superficie del mar de estrellas sobre el que me encuentro suspendida. Observo con tranquilidad el anochecer del sol y el amanecer de la luna, su bostezo perezoso e, inmediatamente, su incansable ansia de fiesta. Su luminosidad, su traje de gala blanco, más limpio y exacto que nunca; cómo deslumbra, cómo destaca, a pesar de ser ella quien enciende la presencia de sus amigas, las juergrellas.
Esta noche sale a bailar, pero... ¿qué hace cuando las no-tan-juergrellas se esconden bajo las mullidas y oscuras mantas de sus camas eternas?
La luna reina la noche, la pinta, la colorea con suaves caricias de halos de la luz blanca del polvo mágico que la hace cobrar vida, la acuna, la espanta, la araña, la amamanta, tomando la noche cada día una conducta, a ratos endeble porque a ratos se cansa, unas veces rebelde, y otras veces mansa.
La noche que nace despierta a sus criaturas, altera las partículas y vence las alturas; la noche, libre, con el viento en popa, el pelo suelto y sumergida sin ropa, es la hermosa noche que suele llevar la corona, la que se maquilla en cubiertos, la que se muerde la boca.
La noche que piensa, los vientos que hablan, las flores abiertas si sueñan con hadas, mariposas plateadas que el vuelo alzan, la noche en que el alma se llena de calma, es la noche fantástica, en la que cualquier cosa pasa, la estrella fugaz que deselvuelve la magia.
La noche que corre, siempre a su antojo, recorre el mundo y se quita despojos, rerrecorre su camino sin echarle mucho ojo y lo descorre todo sin crear destrozos,

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