Mírale.
Exhausto, caliente, adormecido.
Observa cómo él te mira, cómo te mece, cómo te cuida, cómo te rodea desde el Este hasta el Oeste, una, otra, y otra vez. Advierte cómo te vigila con su único, efímero, blanco y circular ojo, percibe cómo no logras clavar la estaca que guarda tu mirada en él. Ríe por tener el privilegio de presenciar sus cambios de disfraz: el de limón al de naranja, del de naranja al de fresa, del de fresa al de cereza; pasando, desapercibidamente tras la puerta del vestuario, por el de uva, el de kiwi, el de mora y el de manzana. ¡Te digo yo que algún día se pondrá uno de macedonia...! Dile que te enseñe cómo teñir el viento de brillantes bombillitas que vuelen en formadísima línea recta separándose a medida que avanzan, o cómo desplegar las alas de las puras rosas blancas. Pídele que te escriba en un folio de nubes las instrucciones sobre cómo manchar las barbas del universo de jugo de fresa y nata, y después suplícale que te enseñe a convertir el brebaje en zumo de uva, melocotón y piña; y seguidamente en una enorme masa de chocolate negro azabache con pepitas de un dulce blanco mentoso que brille en la oscuridad. Déjate acunar por sus brazos gigantes, permite que te hipnotice con su potentísimo brillo y te eleve hasta un estado de mental luz cegadora, admite creerlo cuando te prometa un vuelo hacia el lugar más feliz del mundo y confía en él para contarle sin palabras la misma cantidad de secretos que todos los que él guarda.
Porque él sabe cómo hacerlo.
Macedonian light at twilight.

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