Es Miércoles.
Sí, es un Miércoles normal y corriente, en el que despierto atemorizada y sin ganas de absolutamente nada excepto seguir soñando, pues en la vida real es algo que se torna bastante complicado cuando las decepciones te enseñan a ser realista incluso ante un hada. Bueno, por lo menos he dormido bien y sigo calentita entre las sábanas.
Aún me quedan cinco minutos, pero sé que tan rápido no me dormiré. Intento llegar a la conclusión de por qué me he arropado, una noche más, en la cama de mi madre junto a ella; por qué siento la necesidad de su compañía cuando la oscura noche nos envuelve.
Pero no, nada: las respuestas no llegan, y mi preciado tiempo se termina con un estridente pitido proveniente de la mesilla del otro lado de la cama. Me retuerzo entre el edredón, intentando enroscarme para que no me suelte, pero al final parece que no le gusta demasiado la forma en que le clavo mis uñas, desesperada por no salir de mi refugio. Así que me levanto sin fuerzas de la cama, y el frío me golpea como si se tratase del libro más grande del mundo lanzado contra mi cabeza. Me estremezco, bostezo, y me dirijo cabizbaja hasta mi habitación. Sigo a rajatabla la rutina de cada mañana de mi vida (¿para qué variarla aunque sea en el más mínimo detalle?) y, como un Miércoles más, las clases me esperan alrededor de un pupitre de madera.
El ambiente del aula me hace vagar por mis recuerdos, me invita a distraerme por una vez en todo el día, a imaginar, a escribir con las imágenes que se forman en mi mente.
"Es por la tarde y camino por las calles de la ciudad, sumida en mis pensamientos. Tengo la mirada puesta enfrente, pero perdida; sé que cargo con algo con la forma de un instrumento, pero no lo reconozco a ciencia cierta. Sólo tengo una cosa clara: sus palabras no se me borran de la memoria. Será porque no tengo demasiado asunto importante que recordar últimamente, porque me llaman demasiado la atención, o porque me asombra su forma de embellecer cada expresión urbana. Lo mismo da, no pienso engañarme con esas escusas: me estoy enamorando. Sí, siento mariposas en el estómago, permito el paso a una ráfaga de aire fresco que inunda mi pecho cuando me saca una sonrisa estando tan lejos. Y no, no me da miedo.
Últimamente la gente me nota despistada, soñadora, entusiasta y risueña. Alegre, dicen. Enamorada, pienso.
Apenas me doy cuenta de lo que ocurre a mi alrededor: de que casi golpeo a una mujer mayor con mi guitarra, de que he estado a punto de chocarme contra un barril colocado en medio de la acera a modo de mesa exterior de algún bar de tapas. No sé exactamente si hay mucha gente vagando por la ciudad, o si las calles están prácticamente desiertas; sólo siento que vivo en mi mundo hecho de sus palabras.
Intento ordenar en mi cabeza los pensamientos, procuro recolocar mis ideas en estantes organizados para no tener que pensar tanto en ello y evitar así algún tropiezo estúpido que me ponga en evidencia. Nunca me ha gustado ser el centro de atención... a menos que sea Su centro de atención. Entonces sí, me encanta.
Voy tan sumida en mi realidad que no me entero de que una voz dulce me nombra, asombrada, desde la acera de enfrente. Sé que esa voz me ha llamado ya una vez porque unos segundos más tarde vuelve a hacerlo mientras añade algo como "¡qué despistada vas!", y acompaña a una figura esbelta que se dirige hacia mí. Y esta vez sí que lo oigo, tan claro que pongo alerta mis sentidos de sopetón: se me agudizan los oídos como si de los de un can se tratase, levanto la mirada inquieta hacia todas partes, me quedo parada en medio de la calle tan de repente que entorpezco la trayectoria de un hombre vestido de traje que parece tener prisa. Me muevo un poco para dejarle pasar, y entonces... le veo.
Sé que es él, a pesar de no haberle visto nunca antes. Me mira divertido, quizá por mi torpeza, quizá por cómo me ve. Reparo sin pensarlo en las pintas que llevo: visto un fino y corto vestido primaveral de flores y colores alegres, pero no excesivamente llamativos; unas medias finas color carne y unas no muy altas y bonitas botas color camel de punta redondeada y cordones largos. El pelo, con dos trenzas que se juntan atrás y rodean mi cabeza, brilla suave por la luz del sol. Llevo una chaqueta vaquera fina, ni demasiado abrigada ni demasiado fresca; y un largo collar de reloj que marca cada segundo que paso paralizada, mirándole. Debo reconocer que estoy guapa, quizá no sea tan patosa al fin y al cabo si he logrado esto en un encuentro tan inesperado.
Mientras yo intento imaginarme la escena desde fuera y poner la expresión adecuada, él se me acerca cabizbajo, pero mirándome de reojo. Da un paso, exhalo un suspiro. Da otro paso, muevo nerviosa los brazos sin saber muy bien qué hacer con ellos. Otro paso, me tiemblan las piernas. Uno más, se me despegan los labios de pura impotencia. Parpadeo, y está enfrente mío. Es nuestro primer encuentro, pero él está muy cerca. Tiene las manos metidas en el bolsillo de una bonita sudadera -a la que, no sé por qué, presiento que me encariñaré- y me mira con aire curioso. Es alto, por lo menos me saca media cabeza; tiene el pelo cobrizo, largo, pero sin pasarse, y unos profundos y bonitos ojos verdes en los que me pierdo mientras él me habla.
Me pregunta si yo soy yo (cosa evidente, ya que he respondido a mi nombre sin problemas), y antes de que mi mirada pueda saltar de vuelta desde el negro agujero de sus pupilas añade, casi para sí mismo- Qué pregunta más tonta...-
Resopla y se ríe un poco, mostrándome la sonrisa más bonita que jamás he visto, y unos labios tan perfectos que podrían ser el patrón del caramelo de un nuevo tipo de chupachups. Mis pupilas se dilatan ante tanta belleza, noto que el brillo de mi mirada dice más que todas las palabras que no logro articular, que tengo la boca entreabierta en una expresión que quedó a medias entre el asombro y los nervios. Me doy cuenta de que estoy mirándole directamente a los ojos, quizá descaradamente y, avergonzada, bajo la mirada. Él calla, se pone un poco más serio, aunque sigue con la típica pose del simpático de turno; enarca un poco las cejas y, al verme tan callada, intenta sacar un tema de conversación en el que me encuentre cómoda:
- ¿Sabes tocar?
Sin quererlo, una oleada de carcajadas recorre mi tripa enérgicamente, mientras siento cómo el calor invade mis mejillas y me ruborizo. Levanto mi mirada cabizbaja de golpe y busco la suya, como si necesitase su aprobación para reírme. Le miro con ojos traviesos y, sin despegar los labios, dibujo una media sonrisa pícara inconscientemente. Entonces se da cuenta de lo que se me ha pasado por la mente y ríe. Y, ahora sí, yo río también. Pasan dos segundos que calman el tenso ambiente del minuto anterior y mis nervios desaparecen casi por completo, así que consigo disculparme entre risas:
-Lo siento, no pretendía pensar...- pero él me corta:
-No te preocupes -dice, también riendo-, ha sido divertido.
Entonces, sonriente, algo más segura y menos empanada, le tiendo la mano para saludarnos de forma cordial. Observo cómo él me mira de forma extraña -no creo que mi gesto sea el rito más habitual hoy en día para un primer encuentro-, pero acepta antes de que yo retire la mano. Entonces, extendiendo un poco los brazos como si fuese a abrazarme, dice:
-Encantado, y ahora que nos hemos saludado a tu manera, ¿podemos hacerlo a la mía? -sonríe, sugerente, pero yo no pico.
-No -respondo, simpática, sacudiendo un poco la cabeza, destartalando sus planes-, dejémoslo para más adelante. Tendremos tiempo de abrazarnos hasta hartarnos -y sonrío más, esperanzadora-.
Él no deja de lucir su blanca y brillante sonrisa, lo que me enamora más aún. Parece que mi respuesta le ha convencido, porque deja caer los brazos y vuelve a meter las manos en los bolsillos. Entonces alguien le llama, y me doy cuenta de que a sus espaldas hay un grupito de jóvenes que nos observan. Está formado por tres chicos vestidos de colores bastante llamativos -aunque ninguno destaca tanto como Mi chico, digo... como él-, y una chica algo más bajita, más o menos de la misma estatura que yo, que me mira recelosa mientras se muerde las uñas. Él vuelve la cabeza, pero no el cuerpo. Les avisa de que se quedará conmigo sin aún conocer mis planes (algo me dice que se venga de que yo le cruzase los suyos antes, aunque no sabe que para mí es mejor así) y ellos, después de criticarle un poco, se marchan.
Entonces me mira, murmura algo, y me pregunta si la guitarra es mía. Miro instintivamente el instrumento, como preguntando si se refiere a éso. Me ha pillado desprevenida, me esperaba algo como "¿a dónde ibas?", o "¿puedo acompañarte?". Creo que este chico no dejará nunca de sorprenderme...
-Sí, bueno, no. Era de mi padre, pero ahora la utilizo yo -respondo-.
-Es preciosa. Yo sé tocar algún acorde, pero no demasiado; nunca pude ir a una escuela donde me enseñaran bien -dice, otra cosa que apuntaré a la lista de las que me enamoran-. ¿A dónde ibas tan despistada?
Parece que quiera jugar con mi atención a la vez que pretende encender miles de cuestiones en mi mente. Primero, la capta con sus planes de acompañarme; después la desvía hacia la guitarra y su conocimiento, y finalmente vuelve a sorprenderme con su rápido retorno al primer tema. Algo fascinada y descolocada, le respondo que a dar un paseo, nada más; y que no hace falta que lo pregunte, que puede venir conmigo.
Entonces le brillan los iris, del color de las hojas de los castaños en una primavera recién entrada; y vuelve a sonreírme."
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