Aún me sigo preguntando de dónde sale todo.

martes, 22 de enero de 2013

Volver a ser un niño.

Nieva, nieva en la ciudad. Los rostros asombrados de los alumnos observan, embobados, los blancos copos que lloran tras los cristales; ajenos al ambiente de incógnitas y ecuaciones que inunda la estancia. Parece que una fina y dulce sábana haya cubierto todo lo que alcanza la vista: árboles, coches, calles, parques, tejados, balcones y floreros olvidados.
Los niños, entusiasmados, levantan un suave murmullo entre pupitres, mientras el profesor continúa explicando de espaldas a ellos, inconsciente de que nadie le escucha. Los copos caen con prisa por llegar al suelo, como si de tanto frío necesitasen el calor que el asfalto roba a los neumáticos de los -ahora también nevados- coches en movimiento.
Todos los niños son incapaces de aprovechar el momento como les gustaría, todos están encerrados en su lugar correspondiente sin causar el mínimo alboroto, pero en el fondo de sus impulsos darían cualquier cosa por salir al patio y jugar juntos con la nieve durante toda la mañana. Copo tras copo, niño tras niño y pensamiento tras pensamiento sin saber qué ocurrirá con toda esa blancura, sin saber qué harán quienes no huyen de la ráfaga de nieve que atemoriza al resto. Adultos tranquilos caminando justo por la mitad de la calle, contra mujeres molestas porque su peinado perderá volumen. ¿Acaso eso es lo más importante? La superficialidad conoce tantos recovecos en los que esconderse, tantas excusas, que se olvida de la fría ilusión que trae la nieve. Nadie se da cuenta de ese pequeño crío que mira por la ventana imaginando toda su ciudad nevada. Nadie sabe lo que puede significar para él, lo que puede rondar en sus pensamientos, los recuerdos que puede traerle ese precipitado invierno. Quizá incluso en un futuro ni él lo sepa, o quizá ni siquiera experimente más veces la sensación de la que el blanco polvo le inunda. Pero la brillante mirada de un niño ilusionado y su sonrisa pueden mover cielo y tierra por lograr milagros... sólo hace falta la receta de la ilusión, un poco de sensibilidad y una pizca de nieve.

Las mujeres desesperadas por su peinado van venciendo a los hombres despreocupados, que ahora intentan no llegar a sus hogares habiendo sido convertidos en un muñeco blanco, hasta que una de las metódicas señoras alza la vista hacia las ventanas del colegio y se fija en los cincuenta y cuatro ojos que los observan. Entonces los señala con el índice, y tanto hombres como mujeres dirigen la mirada hacia donde ella señala. De repente, la puerta del colegio se abre y sale un pelotón de niños y profesores corriendo, sonriendo, gritando; que se vuelven locos por coger un puñado de nieve y lanzárselo riendo a un objetivo cualquiera en son de paz.

Pasada la media hora, la ciudad está a rebosar de gente por las calles jugando, riendo y bailando entre la nieve; nadie ha podido resistirse a la tentación...






...volver a ser un niño. 

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