De repente, el aire se para en seco a medio camino entre el pulso y el empujón, y pasan cinco segundos demasiado largos para ser lo que son hasta que un nuevo sonido rasga el gélido ambiente. Suena fuerte, decidido, pronunciado: el aullido de dolor de alguna criatura que espera a la puerta de la casa en ruinas, a menos de diez metros, justo a sus espaldas... Casi a la vez, un destello dorado inunda la sala y hace brillar por un segundo las telas de araña gigantes que el tiempo ha cosido. Rayos. De la nada de ese vacío sonido aterrador sale, casi sin querer, un bramido del viento que hace temblar el suelo bajo sus pies. Truenos. Pasan segundos que podrían ser semanas convertidas en milenios, y más lobos cortan la circulación del ensordecedor silencio. Su frágil cuerpo de cristal comienza a temblar, aterrorizado y congelado a causa de la brisa que se cuela por la puerta entreabierta. Ahora que lo piensa, no recuerda haberla dejado así... Se gira lentamente, descubriendo dos amarillos ojos que la observan desde la penumbra de la noche. Asustada, retrocede en dirección contraria a la curiosa mirada lobuna, sin caer en la cuenta de que detrás suyo ahora se encuentra la alta barandilla. Viento, golpe; viento, golpe; viento, golpe... y choca. Se golpea en la nuca con la barandilla y cae de rodillas al suelo. Tiritando, cierra los ojos firmemente y aprieta los dientes con fuerza deseando despertar de esa horrenda pesadilla, pero cuando los abre solo logra ver esa realidad que la rodea y de la que pretende huir. Una voz susurra desde el fondo de la estancia, lo cual es incoherente ya que se trata de una sola sala con cuatro paredes; la barandilla, que no lleva a ninguna parte si no cuenta un espacio vacío a la interperie a modo de azotea, y una mecedora con una gruesa capa de polvo olvidada en una esquina. La voz tiene un tono fantasma, un sonido agudo y suave y lleva en sí una sensación hipnotizante. Repite una frase que no logra descifrar, cual disco de vinilo rayado condenado a sonar eternamente. Los ojos color caramelo fosforito siguen mirándola, parecen reírse de buena gana.
Su mente vaga entre la realidad y el sueño, y las imágenes borrosas de su memoria y su habilidad parecen ser cada vez menos nítidas. Delira, o eso es lo que piensa. Está confusa, está cansada, es demasiado débil para soportar tanta burla.
"Huye."
Logra entender la primera palabra.
" Huye, pero... ¿adónde?Dime, pequeña niña de la mirada perdida, ¿qué buscan esos húmedos ojos en un lugar sin horizontes?"
No tiene fuerzas. No tiene ganas. No tiene ilusión. No tiene paciencia. No tiene la suficiente insensibilidad para soportarlo. No sabe cómo afrontarlo. Y muere, poco a poco, y ya no le importa que la mirada felina se acerque más y más a ella... Nota frío, nota húmeda su mano. Nota mojada su rodilla desnuda, nota un suave pelaje gris que la envuelve y la acuna. "Se acabó", piensa. El lobo va a destrozarla, va a machacarla, va a romper cada pedacito de lo poco que queda de su ser. Sólo desea que sea rápido. Espera, y espera, y espera... y no sucede nada. Abre los ojos, y se encuentra dormida sobre un hermoso prado verde en lo alto de una montaña. El sol despierta al fondo, y siente su cabeza reposando sobre el lomo de un animal suave y gris.
Vuelven a su mente aquellas palabras: ¿Qué buscan esos húmedos ojos en un lugar sin horizontes?
Y, a modo de respuesta, susurra entre la embriagadora luz de la mañana: "Un rayo de esperanza filtrándose por cualquier grieta, que me haga saber que en algún lugar existe el horizonte hacia el que camino."
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